En teoría la cantidad de agua que ingerimos debería ser aquella que nuestro organismo nos solicita a través de su recurso natural, la sensación de sed.   La sed es la única manera que tiene nuestro cuerpo de avisarnos cuando nota el más mínimo síntoma de deshidratación  pero no siempre somos capaces de identificar bien esta sensación y a menudo confundimos la sed con el hambre.

¿Por qué confundimos a menudo la sed con el hambre?

Preguntas en tu cerebro

El cerebro recibe estímulos para los que debe elaborar respuestas.

1.- Lo primero que notamos es sequedad en la boca y constricción en la faringe pero los seres humanos hemos ido poco a poco perdiendo sensibilidad hacia estos indicadores ya que siempre andamos con prisas, pensando en mil cosas a la vez y hemos educado a nuestro cerebro a producir una respuesta automática errónea ante estos síntomas;  hemos mecanizado que al sentir un pequeña sequedad bucal nuestra respuesta, una vez procesada dicha información, sea: “no te preocupes, no es algo grave… continúa haciendo lo que quiera que estés haciendo”, en lugar de que nuestro cerebro devuelva la respuesta correcta: “párate unos segundos y bebe agua”.    ¿Por qué? porque en la actualidad sabemos que tenemos agua a nuestra disposición siempre y en todo momento y que en realidad el riesgo real de deshidratación es absolutamente mínimo.   Si viviéramos en una zona desértica donde el agua no fuese un bien abundante, nuestro cerebro no actuaría del mismo modo sino que estaría muy atento al mínimo síntoma de sequedad bucal y nos diría “bebe agua inmediatamente, en cuanto tengas la más mínima oportunidad”.

Deshidratación infantil

Los niños muy pequeños no saben cuando tienen sed

2.- Los niños no saben reconocer esta sensación hasta un poco más allá del primer año de edad y tampoco saben demandar la solución, por lo tanto hay que estar muy atentos a la deshidratación en bebés.  En ancianos es parecido, hay que ofrecerles agua a menudo ya que con la edad perdemos la capacidad de reconocer la deshidratación en sus primeros síntomas.  Cuanto más aprendes en el campo de la medicina y de la farmacia, más cuenta te das de que todo lo que tiene que ver con los niños guarda gran similitud con lo que sucede en la ancianidad, excepto la capacidad de regeneración claro está.

3.- Por último, es frecuente encontrarte muchos casos en los que la ansiedad lleva a confundir la sed con el hambre pero hay que saber dintinguirlos y fijarnos en que la sensación de hambre se nota en el estómago y no en la boca como la sed.  A menudo recomiendo a los/las pacientes que acuden a nuestra farmacia que cuando crean que sienten hambre se paren y piensen si de verdad es hambre y ante la duda que beban un vaso de agua y observen lo que ocurre.

Recuerda que estar bien hidratado lo va a agradecer infinitamente tu piel (fuera arrugas), tus riñones (piedras en el riñón), tus articulaciones (mejor lubricación intraarticular) y en general todos tus órganos internos.  Además el agua actúa como quemagrasas natural ya que su ingesta, sobre todo si está fría, requiere al cuerpo quemar calorías sin aportarle ninguna.

Así que cuando sientas hambre o ansiedad, pregúntate primero si tal vez no se trate de sed.

Un cariñoso saludo desde La Parafarmacia en Casa.    Ana Belén Castejón

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